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Tu proceso · 8 min · Septiembre de 2026

Por qué combino sanidad pública y consulta privada

Si tengo plaza fija en el hospital, ¿por qué también tengo consulta privada? Te lo explico: no me parecen contradictorias, me parecen complementarias.

Pasillo de hospital con una bata blanca colgada en una silla de madera

Es una pregunta que me hacen a menudo, casi con curiosidad, en la primera cita: si tienes plaza fija en el hospital público, ¿por qué también tienes consulta privada? A veces se pregunta con cierta suspicacia, como si trabajar en las dos fuese una contradicción. Para mí es justamente lo contrario: son complementarias, y las dos me hacen mejor psiquiatra.

Este artículo pretende explicar por qué mantengo ambas actividades, qué aporta cada una y cómo se refleja en la calidad de la atención que ofrezco. No es un manifiesto sobre el sistema sanitario: es una respuesta honesta a una pregunta legítima.

Qué me aporta la sanidad pública

La sanidad pública, con todas sus limitaciones, ofrece algo que no se aprende en ningún otro sitio: volumen y variedad clínica. Trabajar año tras año en un servicio público significa ver de todo. Cuadros agudos en urgencias, hospitalizaciones de casos complejos, patologías graves, comorbilidades múltiples, contextos sociales difíciles, seguimiento longitudinal de pacientes con enfermedades crónicas. Esa base clínica —cientos y cientos de casos al año, muchos de ellos exigentes— es el fundamento sobre el que se construye la capacidad diagnóstica y terapéutica de cualquier psiquiatra.

Además, la pública obliga a mantenerse actualizado: sesiones clínicas, formación continuada, discusiones con otros compañeros, contacto directo con residentes y estudiantes, coordinación con otras especialidades. Es un ecosistema profesional que exige rigor y que ayuda a no quedarse anclado en una forma antigua de hacer las cosas.

Y hay algo más: la pública me mantiene en contacto con la realidad clínica más dura. Personas sin recursos, situaciones sociales complejas, patología grave. Eso es una vacuna contra dos derivas fáciles en la consulta privada: la sobrepatologización de dificultades vitales normales y el olvido de lo que es una enfermedad mental grave de verdad.

Qué me aporta la consulta privada

La consulta privada me permite ofrecer algo que en la pública, por pura estructura del sistema, es más difícil de sostener: tiempo por consulta. Una primera cita de sesenta minutos, revisiones de cuarenta y cinco, tiempo real para escuchar, para explicar, para acompañar. En la pública, con las agendas actuales, es muy difícil dar ese espacio, por más que uno quiera.

También me permite continuidad real en el seguimiento: el paciente sabe que la revisión será en el plazo clínico adecuado, no en el que la lista de espera permita. Y me permite ajustar el ritmo de las revisiones a lo que cada paciente necesita en cada momento: más próximas cuando el cuadro está inestable, más espaciadas cuando ya hay estabilidad.

Y me permite algo importante: coordinar con más flexibilidad. Coordinar con la matrona en un caso perinatal, con el psicólogo del paciente, con obstetricia si hay embarazo, con atención primaria, con otros especialistas. Esa coordinación, tan importante para un buen tratamiento, se puede sostener con más facilidad.

Por qué no elijo entre una y otra

Podría haber optado por dejar la pública para dedicarme solo a la privada, como han hecho compañeras y compañeros. No lo he hecho, y no por casualidad. Renunciar a la pública significaría renunciar a esa base clínica constante, a la exposición a casos que no verías nunca en consulta privada, a la actualización que impone el trabajo hospitalario, a la coordinación con equipos multidisciplinares complejos. Renunciar a la privada significaría no poder ofrecer el espacio y el tiempo que muchos pacientes necesitan y que la pública, hoy, no puede dar.

Las dos, juntas, me hacen mejor psiquiatra de lo que sería con solo una. La pública me da profundidad clínica; la privada me da la posibilidad de sostener el tipo de acompañamiento que creo que la salud mental necesita. Y me permite mantener los pies en dos realidades que a veces se distancian: la de quien accede a la salud mental por vía pública y la de quien la busca de forma privada.

Cómo se refleja en la consulta

En la práctica, esto tiene consecuencias muy concretas en cómo trabajo. Por ejemplo:

  • El diagnóstico diferencial es amplio. Haber visto muchos cuadros, en muchos contextos, me ayuda a no meter todo en las mismas cajas.
  • Sé cuándo un cuadro necesita hospital y cuándo no. Trabajar en la aguda te da el ojo clínico para separar lo urgente de lo que puede tratarse ambulatoriamente con seguimiento.
  • Sé cuándo derivar y a quién. Conozco los recursos públicos, los profesionales privados de referencia, las unidades especializadas. Puedo orientar en función del caso.
  • No sobretrato ni infratrato. Ver mucho ayuda a calibrar. Hay pacientes en privada a los que se les receta lo que no necesitan porque "hay que hacer algo", y hay pacientes en pública a los que se les infratrata por saturación. Trabajar en las dos ayuda a mantener el punto medio.
  • Sostengo formación continua real. No solo la que requiere la profesión: la que exige el propio trabajo en el hospital.

Y respecto al paciente

El paciente de consulta privada tiene derecho a saber quién le trata: qué formación tiene, dónde ejerce, qué experiencia acumula. Cuando alguien se sienta en mi consulta, sabe que además de este espacio, cada semana estoy en un servicio público con equipos multidisciplinares, con residentes, con supervisión colegial. Eso, para muchos, es garantía de que la atención que reciben en privada no está descontextualizada del resto de la medicina.

Ninguna de estas dos vertientes es superior a la otra. Simplemente, hacen cosas distintas. Y creo que la mejor manera de servir a los pacientes —tanto de una como de otra— es no renunciar a ninguna.

No elijo entre una cosa u otra: elijo mantener las dos, porque juntas me hacen mejor psiquiatra de lo que sería con solo una.

Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una consulta médica. Si crees que puedes necesitar valoración psiquiátrica, pedir una primera cita es el primer paso.

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